¿Qué qué hora es? Son las 7 de la mañana, tengo cara de
muerto viviente y me estoy preparando para el instituto. Al menos, hay dos
buenas noticias; Es viernes, y dentro de poco verano.
—¡Lourdes venga, date prisa que ya vas a llegar tarde! —Alza
la voz desde el salón, mientras está sentada en el sofá tomándose un café la
mar de tranquila, mi madre es fantástica, pero no sé si consigue que vaya más
deprisa o estresarme con eso. Simplemente siempre me limito a responder:
—¡Que sí, que ya vooooy! —En mi voz se nota un poco de
fastidio, aunque sé que a mi madre le da igual. Tras terminar de peinarme mi cabello
rubio pelirrojizo y mirarme al espejo una vez más antes de salir, miro la hora.
Efectivamente, ya voy tarde.
Tras esto cojo la mochila al vuelo, paso por el salón
soltando un ‘’adiós, te quiero’’ y salgo por la puerta sin desayunar, caminando
a paso rápido hacia mi queridísimo instituto.
Por supuesto, también cogí mi iPod, uno de mis mayores tesoros
como os podréis imaginar. Me encanta porque hace poco conseguí una funda verde,
mi color favorito, y la personalicé. Es, como he dicho antes, verde suave, con
mi nombre en blanco y un corazón celeste.
Un poco mariposón sí, pero a mí me encanta.
Mientras iba andando saco los cascos y pongo una canción al
azar, comenzando a sonar en estos Peter Pan de El canto del loco.
Al pasar unos dos o tres minutos llego al instituto, el
tiempo de terminar la canción. Paso con paso tranquilo por el pasillo central
sin mirar a nadie, solo sonriendo a dos o tres chicos y chicas que conocía.
Luego me siento en una de las mesas que hay allí y dejo la maleta en la silla,
guardando el iPod en uno de los bolsillos de esta mientras tanto.
Es extraño. Mis amigas aún no han llegado y normalmente soy la
última en llegar. Al cabo de unos minutos reconozco a lo lejos la melena oscura
de Sonia, la cual es una melena preciosa. La chica es algo más alta que yo y
muy guapa, de ojos negros. ¿Para qué mentir? Es la chica más lista del grupo y
cada vez que nos metemos en líos es ella quién nos saca con sus planes.
—¡Pava! —Grita a lo lejos mientras se ríen. Algunos chicos
la miran a ella y luego dirigen la mirada hacia mí, lo que hace que me sonroje
y mire a otro sitio con una risita, sin entender el por qué de aquello.
—¿Qué pasa? ¡Por una vez que llego la primera! —Respondo
algo molesta cuando está lo suficientemente cerca para no tener que gritar y
tener que llamar la atención de nuevo.
—La primera dice… ¡JÁ! ¿De qué hablamos ayer antes de irnos
a casa? —Me pregunta. La verdad es que me ha pillado por sorpresa pues no tengo
ni idea. Alzo las cejas e intento improvisar algo, aunque es demasiado temprano
y no se me ocurre nada. —¡En que nos veríamos en los bancos del patio! Estas
semanas hace mucho calor dentro y pensamos que fuera tal vez hace más
fresquito, ¿recuerdas? —Alza las manos y yo musito un ‘’¡anda!’’ tras recordar
aquello. Ambas soltamos una carcajada de las nuestras y luego cambio mi
expresión poniéndome de morros y cruzándome de brazos, algo infantil. —Pues yo
tenía ilusión de haber llegado la primera, jo.
—Pues te aguantas, anda tira, tira, que es para matarte. —Se
ríe una vez más y yo me bajo de la mesa en la que estaba sentada, cogiendo mi mochila y saliendo hacia
el patio. Allí se encontraban Amalia y Diana, las dos chicas que faltaban de
nuestro pequeño grupito.
Es gracioso, ¿sabéis? ¡Son muy parecidas! Hasta se podría
decir que son hermanas. Eso fue lo que les hizo ser amigas, pues a veces las
confundían y un día se conocieron de pura curiosidad. Las dos chicas tienen el
pelo castaño, aunque Amalia algo más que Diana. Las dos son chicas altas y
tienen los ojos color miel, pero los de Diana son más castaños. En personalidad
también son algo parecidas. ¡Bastante alocadas! La causa de que nos metamos
normalmente en líos y marrones.
Al salir y verlas sentadas en un banco charlando, yo decidí
gritar. —¡Hola, holita! —Ambas me miraron y se empezaron a reír con fuerza pues
yo iba dando saltos hacia ellas. Las chicas respondieron a esto con las manos,
divertidas.
—Qué torpe eres. —Fue lo primero que dijo Amalia al verme
de lejos, negando lentamente con la cabeza y una suave sonrisa en la cara,
mientras Diana afirmaba su frase con una risotada.
—¿Otra igual? Ya vale, ¿no? —Les eché una mirada fulminante,
sacándoles la lengua.
Y entonces aquél terrible sonido que despertaría hasta a la
Bella Durmiente, nuestro queridísimo aviso de que empieza nuestro sufrimiento,
el timbre.
Pasaron las horas y estábamos ya a quinta, que acababa de
terminar. Adoro biología pero la verdad que en este momento no me interesa
saber demasiado sobre los animalillos que pasean por los bosques.
Ahora vendría mi profesor de Sociales, un hombre
literalmente torpe. Siempre llega tarde, se le olvidan las cosas y tiene que
salir a buscarlas y al final casi que no damos clase. Como ya dije, sabía que
hasta dentro de unos diez minutos no empezaría la clase, por lo que salí un
rato al pasillo a mirar la gente pasar y a que me diera un poco el aire pues en
la clase olía a pura y dura humanidad.
Y allí estaba señores y señoras, ese chico tan estupendísimo
para mí. Ese chico que se llama Sergio. Tiene la piel clara y con algunas
pequitas que casi no se notan, ojos verdes y nítidos, bastante bonitos. Los labios que complementan su cara son unos
labios carnosos, no demasiado gordos, lo suficiente para que sean deseables, al
menos para mí. Su pelo es entre rubio y castaño, con flequillo hacia un lado, como lo llevan ahora la mayoría de los chicos. Es más alto que yo y tiene un cuerpo sencillo, ni demasiado músculo ni
es un palillo, solo algo de tableta, como nos gusta tanto a las chicas. Lo
conozco gracias a mi mejor amigo que os presentaré luego, ¡ahora he de
saludarle antes de que se vaya!
—¡Hola Sergio! —Me acerqué hacia él, algo ruborizada y con
una suave sonrisa, algo tímida también, pues delante suya me pongo algo
nerviosa.
—Hola, preciosa. —Sonrió el acercándose lentamente, con esa
sonrisa tan suya, tan, tan… ¡Ay! —¿Qué tal? —Me pregunta, pasándose la mano por
el flequillo, como de costumbre.
—Muy bien. ¿Y tú? Veo que tienes gimnasia, ¿no? —Le dije
para sacar algo de conversación, observando un poco su cuerpo mientras hablo,
volviendo luego los ojos a su cara, sin perder la timidez que tengo al hablar
con él.
—Bien también, sí. —Contesta asintiendo despacio a lo que le
decía. —Ahora a correr un rato, aunque la verdad que no me apetece. —Mira a sus
compañeros que pasan por el lado, intercambiado unas palabras con uno y
volviendo a mirarme, sin perder su sonrisa. —Me voy ya o sino me la van a liar,
¡adiós anda!
—¡Adiós, adiós! —Contesté ajetreadamente antes de que se
fuera, soltando un suave suspiro mientras observaba como se iba, con una
sonrisita tonta en los labios. Después de imaginarme mi cara suelto una
carcajada y entro en la clase, acercándome a Alfredo mientras dejo las cosas en
la mesa de contigua a la de él, sentándome en la silla.
Pues sí, Alfre es mi mejor amigo. Es más alto que yo, creo
que tiene la misma estatura que Sergio. Tiene también flequillo a un lado, la
única diferencia es que Alfre tiene el pelo castaño oscuro y más largo. Tiene
los ojos marrones muy bonitos. Es guapísimo y sobretodo divertido, que es lo
que más me gusta de él. Alfredo es mi amigo desde que tenía diez años y me mudé
a esta parte de la ciudad. Desde que nos conocimos encajamos genial y ahora
somos inseparables, es el mejor amigo que podrías encontrar en cualquier sitio.
¿Qué por qué le llamo Furby? Es una historia divertida;
cuando entré en el colegio y me senté en clase me tocó sentarme al lado suya y
él me enseñó el nuevo Furby que sus padres le regalaron por su cumpleaños,
quería a ese muñeco como a nada y entonces decidí llamarle así.
Hablando con disimulo, conseguimos mantener una conversación
decente, tapándonos la cara con las manos y girándonos con duidado a coger
algo de la maleta mientras se dicen mil frases.
—¿Vamos a salir hoy? —Murmuro con la mano en la frente y el
brazo apoyado en la mesa, fingiendo realmente bien que leo algo en el cuaderno.
—Salir salgo con los chicos, ¿te apuntas?
—¿Qué vais a hac.. —No termino la pregunta pues el profesor
pasa cerca y me mira. Yo le miro a él en un momento incómodo y sonrío
levemente. Parece que no ha notado nada. Suspiro aliviada y miro a Alfre, que
se ríe por lo que acaba de ocurrir.
—Al parque a jugar a las cartas o algo.. —Contesta con
disimulo, ¿por qué a él no le mira? Qué suerte tiene, a mi no me quita el ojo
de encima, no se fía de que pueda pasarme una hora entera callada. Señalo mi
muñeca dándole a entender a mi amigo que me diga la hora, el dibuja un ocho en
la mesa con el lápiz y espera a que yo lo vea para taparlo con el cuaderno.
Y entonces, por fin después de un rato más de una insufrible
clase de Historia sonó el timbre. ¡Aleluya! Recogí mis cosas con velocidad y
besé la mejilla de Alfre para despedirme, saliendo disparada de allí.
Llego hasta donde están Diana y Amalia, hablando con ellas
hasta que llega Sonia, que ha tardado un poco más debido a que estaba hablando
con la profesora.
—¡Una semana más y verano, chicas! —Grita mientras llega,
alzando las manos animada
—¡Sí! ¡Por fin, por fin, por fin! —Grita Amalia en respuesta
dando saltos, abrazándose a la chica.
—¡Vamos a quedar hoy! —Propuse yo mientras hablaban, con una
enorme sonrisa en los labios.
—Cariño, yo no puedo… —Susurra Diana con el ceño fruncido y
los labios apretados, suspirando lentamente.
—Yo tampoco creo que vaya a poder hoy ya, lo siento... —Añade
Sonia negando lentamente, tenía una expresión triste pues a mí se me había cambiado la cara, y yo tenía ganas de salir.
—¿Y tú, Amalia? —La miro con un toque de desesperación, pues
para mí es genial salir con mis amigas. Vale que no pudiera una, pero las tres
era demasiado…
Contestando a esto Amalia niega lentamente con la cabeza,
pues la chica tiene otras cosas más importantes que hacer antes de quedar conmigo

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