Dejáis huella.♥

lunes, 23 de septiembre de 2013

UNO - La misma rutina.

¿Qué qué hora es? Son las 7 de la mañana, tengo cara de muerto viviente y me estoy preparando para el instituto. Al menos, hay dos buenas noticias; Es viernes, y dentro de poco verano.
—¡Lourdes venga, date prisa que ya vas a llegar tarde! —Alza la voz desde el salón, mientras está sentada en el sofá tomándose un café la mar de tranquila, mi madre es fantástica, pero no sé si consigue que vaya más deprisa o estresarme con eso. Simplemente siempre me limito a responder:
—¡Que sí, que ya vooooy! —En mi voz se nota un poco de fastidio, aunque sé que a mi madre le da igual. Tras terminar de peinarme mi cabello rubio pelirrojizo y mirarme al espejo una vez más antes de salir, miro la hora.
Efectivamente, ya voy tarde.
Tras esto cojo la mochila al vuelo, paso por el salón soltando un ‘’adiós, te quiero’’ y salgo por la puerta sin desayunar, caminando a paso rápido hacia mi queridísimo instituto.
Por supuesto, también cogí mi iPod, uno de mis mayores tesoros como os podréis imaginar. Me encanta porque hace poco conseguí una funda verde, mi color favorito, y la personalicé. Es, como he dicho antes, verde suave, con mi nombre en blanco y un corazón celeste.  Un poco mariposón sí, pero a mí me encanta.
Mientras iba andando saco los cascos y pongo una canción al azar, comenzando a sonar en estos Peter Pan de El canto del loco.
Al pasar unos dos o tres minutos llego al instituto, el tiempo de terminar la canción. Paso con paso tranquilo por el pasillo central sin mirar a nadie, solo sonriendo a dos o tres chicos y chicas que conocía. Luego me siento en una de las mesas que hay allí y dejo la maleta en la silla, guardando el iPod en uno de los bolsillos de esta mientras tanto.
Es extraño. Mis amigas aún no han llegado y normalmente soy la última en llegar. Al cabo de unos minutos reconozco a lo lejos la melena oscura de Sonia, la cual es una melena preciosa. La chica es algo más alta que yo y muy guapa, de ojos negros. ¿Para qué mentir? Es la chica más lista del grupo y cada vez que nos metemos en líos es ella quién nos saca con sus planes.
—¡Pava! —Grita a lo lejos mientras se ríen. Algunos chicos la miran a ella y luego dirigen la mirada hacia mí, lo que hace que me sonroje y mire a otro sitio con una risita, sin entender el por qué de aquello.
—¿Qué pasa? ¡Por una vez que llego la primera! —Respondo algo molesta cuando está lo suficientemente cerca para no tener que gritar y tener que llamar la atención de nuevo.
—La primera dice… ¡JÁ! ¿De qué hablamos ayer antes de irnos a casa? —Me pregunta. La verdad es que me ha pillado por sorpresa pues no tengo ni idea. Alzo las cejas e intento improvisar algo, aunque es demasiado temprano y no se me ocurre nada. —¡En que nos veríamos en los bancos del patio! Estas semanas hace mucho calor dentro y pensamos que fuera tal vez hace más fresquito, ¿recuerdas? —Alza las manos y yo musito un ‘’¡anda!’’ tras recordar aquello. Ambas soltamos una carcajada de las nuestras y luego cambio mi expresión poniéndome de morros y cruzándome de brazos, algo infantil. —Pues yo tenía ilusión de haber llegado la primera, jo.
—Pues te aguantas, anda tira, tira, que es para matarte. —Se ríe una vez más y yo me bajo de la mesa en la que estaba sentada, cogiendo mi mochila y saliendo hacia el patio. Allí se encontraban Amalia y Diana, las dos chicas que faltaban de nuestro pequeño grupito.
Es gracioso, ¿sabéis? ¡Son muy parecidas! Hasta se podría decir que son hermanas. Eso fue lo que les hizo ser amigas, pues a veces las confundían y un día se conocieron de pura curiosidad. Las dos chicas tienen el pelo castaño, aunque Amalia algo más que Diana. Las dos son chicas altas y tienen los ojos color miel, pero los de Diana son más castaños. En personalidad también son algo parecidas. ¡Bastante alocadas! La causa de que nos metamos normalmente en líos y marrones.
Al salir y verlas sentadas en un banco charlando, yo decidí gritar. —¡Hola, holita! —Ambas me miraron y se empezaron a reír con fuerza pues yo iba dando saltos hacia ellas. Las chicas respondieron a esto con las manos, divertidas.
—Qué torpe eres. —Fue lo primero que dijo Amalia al verme de lejos, negando lentamente con la cabeza y una suave sonrisa en la cara, mientras Diana afirmaba su frase con una risotada.
—¿Otra igual? Ya vale, ¿no? —Les eché una mirada fulminante, sacándoles la lengua.
Y entonces aquél terrible sonido que despertaría hasta a la Bella Durmiente, nuestro queridísimo aviso de que empieza nuestro sufrimiento, el timbre.
Pasaron las horas y estábamos ya a quinta, que acababa de terminar. Adoro biología pero la verdad que en este momento no me interesa saber demasiado sobre los animalillos que pasean por los bosques.
Ahora vendría mi profesor de Sociales, un hombre literalmente torpe. Siempre llega tarde, se le olvidan las cosas y tiene que salir a buscarlas y al final casi que no damos clase. Como ya dije, sabía que hasta dentro de unos diez minutos no empezaría la clase, por lo que salí un rato al pasillo a mirar la gente pasar y a que me diera un poco el aire pues en la clase olía a pura y dura humanidad.
Y allí estaba señores y señoras, ese chico tan estupendísimo para mí. Ese chico que se llama Sergio. Tiene la piel clara y con algunas pequitas que casi no se notan, ojos verdes y nítidos, bastante bonitos.  Los labios que complementan su cara son unos labios carnosos, no demasiado gordos, lo suficiente para que sean deseables, al menos para mí. Su pelo es entre rubio y castaño, con flequillo hacia un lado, como lo llevan ahora la mayoría de los chicos. Es más alto que yo y tiene un cuerpo sencillo, ni demasiado músculo ni es un palillo, solo algo de tableta, como nos gusta tanto a las chicas. Lo conozco gracias a mi mejor amigo que os presentaré luego, ¡ahora he de saludarle antes de que se vaya!
—¡Hola Sergio! —Me acerqué hacia él, algo ruborizada y con una suave sonrisa, algo tímida también, pues delante suya me pongo algo nerviosa.
—Hola, preciosa. —Sonrió el acercándose lentamente, con esa sonrisa tan suya, tan, tan… ¡Ay! —¿Qué tal? —Me pregunta, pasándose la mano por el flequillo, como de costumbre.
—Muy bien. ¿Y tú? Veo que tienes gimnasia, ¿no? —Le dije para sacar algo de conversación, observando un poco su cuerpo mientras hablo, volviendo luego los ojos a su cara, sin perder la timidez que tengo al hablar con él.
—Bien también, sí. —Contesta asintiendo despacio a lo que le decía. —Ahora a correr un rato, aunque la verdad que no me apetece. —Mira a sus compañeros que pasan por el lado, intercambiado unas palabras con uno y volviendo a mirarme, sin perder su sonrisa. —Me voy ya o sino me la van a liar, ¡adiós anda!
—¡Adiós, adiós! —Contesté ajetreadamente antes de que se fuera, soltando un suave suspiro mientras observaba como se iba, con una sonrisita tonta en los labios. Después de imaginarme mi cara suelto una carcajada y entro en la clase, acercándome a Alfredo mientras dejo las cosas en la mesa de contigua a la de él, sentándome en la silla.
Pues sí, Alfre es mi mejor amigo. Es más alto que yo, creo que tiene la misma estatura que Sergio. Tiene también flequillo a un lado, la única diferencia es que Alfre tiene el pelo castaño oscuro y más largo. Tiene los ojos marrones muy bonitos. Es guapísimo y sobretodo divertido, que es lo que más me gusta de él. Alfredo es mi amigo desde que tenía diez años y me mudé a esta parte de la ciudad. Desde que nos conocimos encajamos genial y ahora somos inseparables, es el mejor amigo que podrías encontrar en cualquier sitio.
¿Qué por qué le llamo Furby? Es una historia divertida; cuando entré en el colegio y me senté en clase me tocó sentarme al lado suya y él me enseñó el nuevo Furby que sus padres le regalaron por su cumpleaños, quería a ese muñeco como a nada y entonces decidí llamarle así.
Hablando con disimulo, conseguimos mantener una conversación decente, tapándonos la cara con las manos y girándonos con duidado a coger algo de la maleta mientras se dicen mil frases.
—¿Vamos a salir hoy? —Murmuro con la mano en la frente y el brazo apoyado en la mesa, fingiendo realmente bien que leo algo en el cuaderno.
—Salir salgo con los chicos, ¿te apuntas?
—¿Qué vais a hac.. —No termino la pregunta pues el profesor pasa cerca y me mira. Yo le miro a él en un momento incómodo y sonrío levemente. Parece que no ha notado nada. Suspiro aliviada y miro a Alfre, que se ríe por lo que acaba de ocurrir.
—Al parque a jugar a las cartas o algo.. —Contesta con disimulo, ¿por qué a él no le mira? Qué suerte tiene, a mi no me quita el ojo de encima, no se fía de que pueda pasarme una hora entera callada. Señalo mi muñeca dándole a entender a mi amigo que me diga la hora, el dibuja un ocho en la mesa con el lápiz y espera a que yo lo vea para taparlo con el cuaderno.
Y entonces, por fin después de un rato más de una insufrible clase de Historia sonó el timbre. ¡Aleluya! Recogí mis cosas con velocidad y besé la mejilla de Alfre para despedirme, saliendo disparada de allí.
Llego hasta donde están Diana y Amalia, hablando con ellas hasta que llega Sonia, que ha tardado un poco más debido a que estaba hablando con la profesora.
—¡Una semana más y verano, chicas! —Grita mientras llega, alzando las manos animada
—¡Sí! ¡Por fin, por fin, por fin! —Grita Amalia en respuesta dando saltos, abrazándose a la chica.
—¡Vamos a quedar hoy! —Propuse yo mientras hablaban, con una enorme sonrisa en los labios.
—Cariño, yo no puedo… —Susurra Diana con el ceño fruncido y los labios apretados, suspirando lentamente.
—Yo tampoco creo que vaya a poder hoy ya, lo siento... —Añade Sonia negando lentamente, tenía una expresión triste pues a mí se me había cambiado la cara, y yo tenía ganas de salir.
—¿Y tú, Amalia? —La miro con un toque de desesperación, pues para mí es genial salir con mis amigas. Vale que no pudiera una, pero las tres era demasiado…
Contestando a esto Amalia niega lentamente con la cabeza, pues la chica tiene otras cosas más importantes que hacer antes de quedar conmigo
Lo que no sabía yo es que esto se iba a alargar demasiado.

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